
En la tumba de un marino no hay rosas,
ni lirios entre las olas del océano.
tal vez rinda homenaje el raudo vuelo
de una tímida y eventual blanca gaviota.
Y lejos de este grande camposanto
que mira hacia el horizonte eterno,
confundiendo con el cielo al averno
y cubriendo a la vida con su manto.
Afligida con este mar de espanto,
con asias hay alguien que espera
una esposa, una madre, una abuela
que llena con sus rezos a algún santo.
Para ella es demora y es tormento
la distancia y el tiempo que separa,
no saber la providencia que depara
y solo aguardar su pronto adviento.
Quizás de su destino sea devota
la suerte que le toca al marinero
al instante de dejar amarradero
a realizar su misión alta o ignota,
entregar lo que tiene y aún la vida
sin saber que le espera en cada viaje,
en el puerto ha dejado su equipaje
sin voltear mirada atrás arrepentida.
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